El sol de enero baña las calles de Bogotá. El calor de verano derrite las paredes. Pero los jóvenes eligen despuntar el vicio de la pelota. Es 1990, año del Mundial. Y la Selección cafetera se ha clasificado.
Uno de esos chicos corre. No se cansa nunca. Es diestro, y ya muestra síntomas de crack. Es morocho, y se llama Fabián. Su apellido es Vargas, y nació en la ciudad hace diez años. Proviene de uno de los clubes del sur de la ciudad, el Maracaneiros.
Hace poco que juega en el Olaya, el rival de toda la vida. Ambos son clubes aficionados, cunas de pequeños jugadores que mañana serán grandes; depositarios de sueños de gloria como el de Fabián. La escenografía es muy parecida a La Boca. Gente trabajadora que recorre las calles bogotanas en busca de pan. Buscavidas, en su inmensa mayoría.
El tiempo pasa. Y a los pocos años, a Vargas le llega la oportunidad de su vida: una prueba en uno de los equipos más renombrados, el América de Cali. Debe mudarse. Viajar a una ciudad que le es ajena, sólo con el fútbol que nace de sus pies.
Al principio, le cuesta. Pero es titular en la banda derecha en todas las categorías juveniles. Llega el gran día, y se pone la camiseta roja para debutar en Primera. Le esperaba el estrellato.
Con cerca de cien partidos como profesional, Carlos Bianchi lo manda a seguir. Le han dicho que es un jugador polifuncional, y que puede adaptarse sin problemas a cualquiera de los dos perfiles. O que, incluso, puede jugar como enlace entre los mediocampistas y los delanteros. Esa versatilidad lo convence. Y Boca contrata a Vargas.
Llega a préstamo. Es una prueba más para el jugador colombiano. Se asienta, y se convierte en uno de los jugadores inamovibles de la última etapa del Virrey en Boca. Gana el cariño de la gente, enamorada de los colombianos gracias al recuerdo de Mauricio “Chicho” Serna y el “Patrón” Bermúdez. Vargas responde.
El paso a la selección se antoja obligado. Y es convocado. Disputa las Eliminatorias para el Mundial de Alemania 2006, al que la selección cafetera no clasifica. Es el mismo que empezó, allá por enero de 1990, en las canchas de Olaya. Su fútbol se ha hecho conocido. De Bogotá para el mundo. |