El volante Xeneize tuvo un buen nivel durante el torneo y logró sobreponerse a algunas lesiones. Se ganó un lugar en el esquema del Emperador y derrochó garra en cada partido. El Burrito quiere ganar la Libertadores y quedarse con un trofeo internacional en el último tramo de su carrera.
Hace treinta años Diego Rivero no tenía la menor idea de su futuro. En esos tiempos Misiones se preparaba como cuna para ver nacer al Burrito. Desde Puerto Esperanza a Buenos Aires, desde el Bajo Flores a La Boca el volante derecho arribó al equipo de Falcioni en búsqueda de un lugar y de continuidad en el juego. Se acomodó en el lugar que le sienta bien y se puso la camiseta número ocho para quedarse plantado en el equipo titular.
Rivero se encargó de aportar marca, ida y vuelta, y presión en el medio campo. Se complementó a la perfección con Somoza y Erviti, y junto a ellos generó un esquema veloz, preciso y aceitado para cumplir con los relevos de los laterales y quitarle la pelota al rival. Los tres se movieron en bloque y buscaron complementarse en el ataque, cuando el equipo lo necesitaba, o en la defensa, cuando los rivales buscaban penetrar y herir el área de Orión.
El pueblo Xeneize lo aprendió a querer durante el Apertura y lo despidió con un masivo aplauso cuando se retiró de la cancha el último partido. El club decidió comprarle el pase a San Lorenzo y ahora es cien por ciento jugador de Boca. Rivero llegó para quedarse y ahora buscará aportar su experiencia y potencia para lograr su primer título internacional.
Textos: Redacción Boca Juniors
Fotografías: Photogamma