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El mejor momento de Miguel

Russo fue oficializado al frente del primer equipo y cumplirá su segundo ciclo en el Xeneize. En 2007, dirigió 56 partidos, consiguió el 60.71% de los puntos y alzó la sexta Copa Libertadores del club.

Miguel Ángel Russo dejó Vélez, con el que fue ganador del Clausura 2005, para asumir a fines de 2006 en un Boca al que se le había escapado la chance del tricampeonato local bajo la conducción de Ricardo La Volpe, quien a su vez pasó a Liniers en un enroque poco frecuente.

En materia de resultados y actuaciones, el primer semestre de 2007 fue de los mejores de Boca durante este siglo. Aunque le costó una fase de grupos que incluyó tres partidos en la altura, Bolivia, Perú y México, se clasificó a octavos de la Libertadores gracias a un rendimiento perfecto de local: 1-0 a Cienciano, 3-0 a Toluca y 7-0 a Bolívar.

Simultáneamente, batallaba con el San Lorenzo de Ramón Díaz en la competencia interna. Siete triunfos de visitante, incluidos el 4-0 a Banfield del debut y un 3-1 a Independiente con gol de Martín Palermo desde mitad de cancha, daban la pauta de un equipo que salía a buscar la victoria en todas partes.

Ese atributo terminaría por ser clave para adjudicarse una difícil serie de cuartos contra Libertad. Luego de haber eliminado a Vélez (4-3 el global) favorecido por la ventaja (3-0) obtenida en casa, Boca apenas pudo rescatar un empate contra los paraguayos en la Bombonera (1-1, Palermo sobre la hora). En Asunción, apoyado por unos 10.000 hinchas, Riquelme -ya en modo determinante- y Palacio sellaron el boleto a la semi.

Tampoco fue sencillo el cruce con Cúcuta. Los de Russo volvieron 1-3 de Colombia, pero lo revirtieron en Buenos Aires, al cabo de una noche llena de épica, emociones y neblina, con golazos de Román, Martín y Sebastián Battaglia. La final ante el Gremio de Saja (3-0 acá y 2-0 allá) quedó en el recuerdo como la máxima diferencia en una definición de Libertadores.

Fue el pico de aquel Boca dirigido por Miguel, con un Riquelme brillante, la frescura de Banega, el desahogo de Ibarra y Clemente por los laterales y la capacidad anotadora del tándem Palermo-Palacio. Se trató de un Boca inolvidable, ambicioso y campeón.